La batalla de Rande en la Ría de Vigo

batalla de Rande

En la costa gallega meridional, se dice que cuando Dios concluyó la única semana laboral que se le conoce posó una de sus manos (¿cuántas manos tendrá Dios?) sobre la tierna tierra recién creada: así se formaron, divinamente, las Rías Baixas. Bien, este tipo de relatos suelen ser típicos de cada folclore. Parece que los pueblos antes no tenían muchas abuelas, por lo que venían a ser los propios refranes y leyendas de la tradición los encargados de repetir a las buenas gentes del lugar lo guapos y afortunados que eran.

La ría de Vigo se corresponde con la marca dejada por el pulgar o por el índice de esa mano divina, según se mire (en cualquier caso resultaría que, consúltese un atlas, Dios no tiene a lo sumo más de cuatro dedos en cada mano, de manera que ya hay algún que otro irreverente que supone que Dios es Homer Simpson). Y aunque tengamos nuestras dudas con ese presunto origen divino, somos los primeros en reconocer que la ría de Vigo es muy hermosa. Muy hermosa, sí, además de servir como escenario polivalente, ya para dar cabida a las agitaciones internas de los poetas, ya para sostener las representaciones, con gran aparato, de históricas batallas.

Si el bueno de Martim Codax tañía su laúd desde la melancólica isla de San Simón, suspirando la ausencia de una amada que se retrasaba, unos cuatro siglos más tarde, su fantasma (los fantasmas de los enamorados suelen ser muy perseverantes cuando no decididamente sedentarios) por fuerza tuvo que haber salido corriendo cuando vio aparecer, en tromba, aquellos inmensos pero amedrentados galeones, perseguidos a bombazo limpio por el pérfido inglés, aunque esto último no sea del todo exacto. Veamos.

En septiembre de 1702 una flota de galeones españoles, acompañada por una escolta de navíos franceses de combate, penetra en el interior de la ría viguesa, hasta la ensenada misma de San Simón. Esta bizarra expedición venía, cómo no, de las denominadas Indias. Las bodegas de los barcos españoles estaban tan hinchadas de oro, plata y pedrería, que lo extraño fue que no les reventase la tripa, como al lobo de los cabritillos, en medio de la travesía.

El puerto que poseía el monopolio para el comercio con las Américas era el de Sevilla. Ustedes creerán que, si los barcos llegaron a la ría de Vigo y no al puerto de Sevilla, sería a causa de los errores de un timonel novato, en una época en la que no existía el GPS. Pero no. Además de la molesta presencia de los piratas, buenos conocedores de las rutas habituales, a principios del siglo XVIII, sobre el tablero político de Europa, se desarrollaba la guerra de Sucesión española. El juego de intereses provoca esta vez una alianza hispanofrancesa enfrentada a un bando del que forman parte Inglaterra, Holanda y Austria.

Es así que una formidable flota angloholandesa, enterada de ese fabuloso convoy atiborrado de tesoros americanos, decide echarse al monte, perdón al océano, y sustraer ese botín, en una interesante interpretación de un derecho de pernada de los mares basado en el principio del porque me da la gana, y continuación, en todo caso, del seguido por los propios españoles en América.

Pero no caigamos en el tópico, que nos acusarán de provincialismo, y ciñámonos a los hechos. Y los hechos son que la escuadra angloholandesa se pensaba astuta cuando esperaba por el sur la llegada de unos barcos que estaban obligados a descargar en Sevilla, mientras que españoles y franceses, anticipando el golpe, en un conseguido efecto retórico, se dirigen al norte.

Cuando llegan a la ría, el botín parecía salvado, al menos una parte importante del mismo, pues nada era seguro mientras por medio anduviesen pululando los funcionarios aduaneros de la época, bien que éstos hacían su agosto más en el embarque que en el desembarque. Sin embargo, como las cosas de palacio van despacio, un mes después de la entrada en la ría, la flota seguía allí amarradita, y muchos aseguran que todavía cargada con casi todos sus tesoros, quien sabe si esperando la becqueriana mano de nieve que sepa arrancarlos, cuando en el horizonte, el vigía ve despuntar las velas blancas de la avanzadilla enemiga: ¡la escuedra angloholandesa se había dado cuenta del engaño!

Sé que los lectores estarán impacientes. Aguardaban el ruido de las espadas, el estruendo sordo de los cañones, los gritos desesperados de los heridos. Paciencia. En la segunda parte de este texto diremos cómo acaba la historia, rozaremos el misterio con el Santo Cristo del Maracaibo, y sabremos quién fue el gran beneficiado del estropicio: el capitán Nemo.

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1 comentario

  1. Buen artículo, muy poético. Para saber más sobre la batalla de Rande puedes visitar este pequeño blog. Yo la verdad es que la descubrí en el viaje en barco que ahora une Vigo con la isla de San Simón.

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