Hablando de corales

arrecife de corales

Los capitalistas más necios del siglo XIX tenían mucho que aprender de aquellos pequeños celentéreos coloniales, responsables de las formaciones coralinas. Estos diminutos organismos necesitan unas condiciones óptimas de «trabajo». Es decir, se desarrollan a una temperatura nunca inferior a los 20ºC, con agua limpia y cristalina, y siempre que haya la mejor iluminación posible. Tampoco es que pidan tanto, la verdad (aunque un obrero del Ochocientos lo llamaría paraíso). Sobre todo si tenemos en cuenta el resultado.

Los arrecifes de coral son unas construcciones naturales asombrosas. Se encuentran en las regiones tropicales del planeta. Las madréporas o corales son unos pólipos de culo inquieto. Su trabajo no es diferente al del resto: luchar por la existencia, seguir viviendo. Así crecen y crecen sobre sus antiguos esqueletos. Esta superposición de nuevos organismos sobre los esqueletos de los corales muertos es la que da lugar a las grandes y maravillosas construcciones coralinas.

Pensando en ello, es difícil no comparar este proceso con la construcción de las grandes pirámides. La suma de esfuerzos diminutos converge en una obra faraónica, impresionante. La analogía no debe ir más allá, claro. No caigamos en la trampa de llamar a las madréporas esclavas de la naturaleza, y a los esclavos egipcios corales. Quizá como licencia poética. Por qué no.

Se clasifica a los corales en tres tipos: arrecifes litorales, arrecifes barrera y atolones. Los primeros se hallan pegados a la costa. Cuando entre el arrecife y la tierra se interpone una zona de océano libre (en los años mozos del lirismo, pues también la poesía fue joven, a tales franjas a veces se las llamaba piélagos), tenemos el arrecife barrera, cuya muestra más vanidosa (también la naturaleza tiene sus debilidades, su vanidad) está en las aguas de Australia. Los atolones son esas islas tan características con una laguna interior.

Y es respecto a los atolones que los científicos están un poco atolon-drados, con perdón, y no acaban de ponerse de acuerdo cuando discurren sobre su formación. Parece claro que primeramente los atolones serían arrecifes litorales alrededor de una isla. Las divergencias vienen a continuación. Para algunos, el proceso involucraría un hundimiento del fondo marino. Para otros se trataría de una elevación del nivel del mar al final de las épocas glaciales. Parece que en este caso lo más acertado es escoger una teoría ecléctica que combine ambas (es curioso que hasta hace bien poco el eclecticismo estuviese tan mal visto).

Las teorías, ya se sabe, siempre son múltiples, por no decir infinitas. En cambio la belleza es única. Únicos, y hermosos, y variopintos, y patrimonio de la naturaleza son los corales. «Si es hermoso será simple», se suele apostillar en los cafetos humanos. Pues va a ser que no. Y no se refiere este articulista a él mismo (o no sólo), que en los arrecifes madrepóricos encontramos los ecosistemas marinos más complejos. Vamos, que visitar uno es como acercarse al Silicon Valley de los océanos. Y sin Silicon-a alguna ( abusando ya de los juegos de palabras). Todo perfectamente natural. Jesús ¿y será eso posible todavía?

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