Recorrido por la historia de la oceanografía

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Durante mucho tiempo nuestro conocimiento del océano fue superficial y apenas significativo. Cuando la náutica dependía de una tecnología relativamente rudimentaria, los hombres debían mantener la referencia obligada de la costa. A veces los marineros volvían con historias misteriosas de extraños sucesos, a veces recogían animales infernales en sus redes. Así, poco a poco, se llenaban lagunas. Gracias a la observación, y a su perspicacia, Aristóteles supo clasificar a los delfines entre los mamíferos.

Pero el océano abierto seguía siendo el gran desconocido, incluso tiempo después de que comenzase la época de las grandes navegaciones. Con permiso de los vikingos, parece que fue Fernando de Magallanes el primero en intentar llevar a cabo un sondeo serio en mar abierto. En las aguas del océano que bautizó Pacífico, tras doblar el estrecho al que dio nombre, su tripulación arrojó al agua una plomada atada a una cuerda. Se demostró una profundidad superior a los 180 metros. Lástima que no hubiese una cuerda más grande…

En el siglo XIX se sentaron las bases de la oceanografía. Sin embargo, la ignorancia todavía era mayúscula, aunque la imaginación volaba en las alas de la literatura. Julio Verne, el clarividente, también pudo prever la conquista subacuática de la mano de su capitán Nemo. Otros pioneros, arrebatados con las historias del mar, que iban desde el mito de la Atlántida hasta la noticia cierta de galeones hundidos cargados con el oro y la plata de las Indias, diseñaron ingenios con los que sumergirse en las profundidades sin peligro.

Pero desde el punto de vista estrictamente científico, la expedición más importante del siglo fue, además del segundo viaje del Beagle (cuyo más ilustre tripulante era un joven llamado Charles Darwin), la acometida por el buque Challenger, de la marina inglesa. El Challenger zarpó en 1872 y a lo largo de sus más de tres años de navegación recorrió casi 70000 millas marinas. Por el número de organismos y especies catalogadas, nunca conocidas hasta entonces, el viaje del Challenger marcó un hito en la prehistoria de la oceanografía. Por mejor decir, fue la clave para su fundación como ciencia propia.

Sir Wyville Thomson dirigía la expedición. Con los datos en la mano, su conclusión fue que por debajo de las 300 brazas (aproximadamente medio kilómetro) toda forma de vida era imposible. Su argumentación, compartida por muchos, parecía sensata. La ausencia de luz y la desmesurada presión hidrostática hacían inconcebible imaginar criaturas capaces de resistir tales condiciones.

Pero la adaptación de los seres vivos es, como sabemos, asombrosa. Los mismos científicos del Challenger lo comprobaron entre perplejos y maravillados, cuando de las redes se empezaron a recoger centenares de criaturas que provenían justamente de profundidades que rebasaban el estipulado límite vital. Porque ya lo dice la canción: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida

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