El mar de Aral… ¿mar?

Nada hay que mueva más a la tristeza que el concepto (ya no digamos la realidad) de mar muerto (pues también, queridos lectores, hay conceptos tristes), metáfora insuperable de una civilización fracasada. Fracasada en tanto que no acierta con la sabia clave de utilizar los recursos sin esquilmarlos ni habitar el planeta sin que el hábito se convierta en un expolio. Fracasada, en fin, en cuanto que por allí por donde pasa, «el desierto crece».

El mar de Aral no deja de ser un símbolo de esa manía que tiene el hombre no sólo de explotar sino, literalmente, hacer explotar el medio. Aunque los expertos no se ponen de acuerdo con la enfermedad del Aral, así que, nosotros, primero daremos los datos y, a continuación, elucubraremos.

El mar de Aral, situado entre Kazajistan y Uzbekistán, era el cuarto lago más grande del mundo a mediados del siglo XX, con una extensión cercana a los 70000 kilómetros cuadrados y un volumen considerable. Pero desde 1960 ha venido sufriendo una paulatina pérdida de identidad ontológica. En román paladino: como si un Moisés las obligase a ello, las aguas del lago se han ido retirando.

Y de qué manera. Hoy el mar de Aral no conserva ni el esqueleto: unos 7000 kilómetros de extensión, apenas un 10 % respecto al tamaño de hace 60 años, además de presentar unos niveles de salinidad mortíferos. ¿Cómo se ha llegado a esto?…

Chiflados los hay en todas partes: en la Unión Soviética había algunos cuantos. Muy pronto se fijaron en los grandes ríos que alimentan al Aral: el Sir Daria, en el norte, y el Amu Daria, en el sur. Los ingenieros soviéticos realizaron una serie de grandes obras hidráulicas con el fin de crear nuevas e inmensas extensiones de regadío.

Hay que decir que lo lograron. La pregunta es: ¿a qué precio? Los ríos son la sangre de la tierra y al Aral le cortaron las venas de modo torpe pero consciente, desviando caudales ingentes de agua para el cultivo de algodón.

Sin embargo, algunos científicos aseguran que el factor humano es, en este caso, prescindible. Se han esbozado teorías muy sofisticadas que nos recuerdan, con perdón, algunos argumentos de quienes niegan el cambio climático. Por ejemplo, hay quienes sostienen que el Aral es un lago sometido a ciertas periodicidades, a ciertos ritmos en los que ya se hincha como la panza de una burra, ya se reseca como el pan del domingo. Esta teoría se complementa con el recurso al mar Caspio: cuando el Aral crece, el Caspio mengua, y viceversa. Ambos lagos serían vampiros mutuos que necesitan de la debilidad del uno para el fortalecimiento del otro. Perverso.

Será. Nosotros no tenemos ciencia, otros cojean de con-ciencia. Pero los cientos de barcos encallados en un desierto de sal seguirán siendo una de esas postales donde el dramatismo alcanza un punto (incluso artístico) de no retorno. Y sin necesidad de recurrir a la pornografía del sufrimiento de un rostro humano.

Esa imagen que nos llega desde el Aral es como el reverso de un naufragio. Lo que naufraga no es la tripulación o el barco, sino el propio mar. La desolación que allí reina tiene algo de cementerio de elefantes: esos mascarones de proa carcomidos por la vileza del tiempo, esa chapa otrora fulgente ya podrida y enmudecida para siempre…ruinas de una cultura que no supo lo que de verdad importaba hasta que fue demasiado tarde.

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